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camouflage

Camouflage se plantea como un manifiesto silencioso ante el paisaje canario. Su dimensión política no aparece como consigna, sino como el contexto que envuelve cada acción: la explotación de aquello que llamamos «lo nuestro», la conversión del territorio en imagen y la dificultad de crecer dentro de un espacio geográficamente limitado. Me interesa la canariedad como construcción más que como esencia: una acumulación de signos —la luz, el volcán, la vegetación o el traje tradicional— que, de tanto repetirse, termina pareciendo natural.

El paisaje canario aprendió hace tiempo a posar. Los libros de viajes, las acuarelas de Alfred Diston, el indigenismo y la pintura luminosa de Jorge Oramas participaron en la formación de esa imagen. Para el viajero europeo, las Islas ofrecían contraste, exotismo y una promesa de luz y salud. André Breton llevó esa mirada extranjera hasta el delirio de El castillo estrellado: «En el flanco del abismo, construido en piedra filosofal, se abre el castillo estrellado». Aquella visión surreal del territorio convive hoy con otra más domesticada: el paisaje convertido en postal y ofrecido como una experiencia de sol, naturaleza y autenticidad.

Lo que Dean MacCannell llamó «autenticidad escenificada» y John Urry «mirada turística» adquiere aquí la forma de un parque temático del paisaje. La estampa idílica oculta las fricciones de vivir, trabajar y desarrollarse en una isla. También la fotografía participa de esa escenificación: reproduce modelos importados, repite gestos aprendidos y busca la definición impecable de la imagen profesional o de las redes sociales.

El proyecto comienza cuando decido aflojar esa ambición. Un traje barato de camuflaje permanece en el coche junto a la cámara y el trípode. No existe un programa cerrado: cualquier desplazamiento puede ofrecer una excusa para detenerme, vestirme y fotografiar. El traje introduce una presencia extraña que no llega a desaparecer, pero altera mi manera de mirar. Cada imagen funciona como el trofeo provisional de una jornada: he estado aquí y, después de esta aparición, el lugar ya no vuelve a ser exactamente el mismo.

Recorro la isla como caminante, enlazando lugares pintorescos con espacios intersticiales, terrenos transformados y construcciones abandonadas. La fotografía se aproxima al selfie y al libro de viajes, aunque mi presencia resulte trastocada y casi anónima. También dialoga con A Line Made by Walking de Richard Long: el recorrido se convierte en obra y la imagen conserva la huella de un gesto que desaparecerá.

El traje se deteriora con cada salida. Los hilos se desprenden, el tejido se ensucia y su apariencia se vuelve progresivamente más pobre. El calor se acumula bajo las capas; mis pies, poco acostumbrados al malpaís, sufren las piedras. El paseo adopta entonces la forma de un vía crucis particular, una ceremonia física ante el paisaje, a veces solemne y otras simplemente agotadora. Esa precariedad aleja la acción de cualquier gesto heroico y la aproxima a la materia ordinaria del arte povera y de Fluxus.

Camouflage procede de mi investigación sobre el muted sound art o materia muda. Después del traje de etiqueta del artista y del traje tradicional canario aparece el traje de camuflaje. La obra sonora deja de necesitar un sonido explícito: como sucede a partir de John Cage, basta con disponer la atención para que el silencio revele su vibración.

La fotografía hace visible esa materia contenida. El cuerpo, el traje, la roca, la vegetación y la luz forman un campo pictórico que sucede fuera del lienzo. Fotografiar las acciones las convierte en piezas, aunque muchas de las instalaciones ya estaban en el territorio antes de mi llegada. Reunidas en gran formato, las imágenes ofrecen la mirada extensa del sensor de formato medio: un ojo grande capaz de recorrer los detalles del paisaje y la lenta descomposición del traje.

© 2017 by Atilio Doreste

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