Atilio Doreste. Canales otros para una nueva plástica crítica
Por Darío Hernández Guerra
Porque la vida no basta, el artista se siente irremediable y naturalmente forzado a entregarse a la búsqueda en su más profundo tratamiento. Esta, si bien desprovista de un sentido claro y determinado, se configura a menudo como un particular estado carente de puntos de vista o referencias para orientarse. La incerteza crea no solo una confusión espacial y temporal, sino también una vasta sensación de desorientación que se extiende a la escala de la totalidad del campo de pensamiento del artista. Aquí, el desafío del artista no supone una preocupación, sino más bien un particular tipo de materialidad, de sustancia, que establece y comporta una suerte de «suspensión metafísica» para la cual la creación es el único hito posible. La conclusión no existe en este ámbito, tan solo la diferencia y el movimiento que triunfantemente la activa; un movimiento temperamental, diverso y sin compasión. En este punto, el artista se lanza a la creación esperando que eso que hace, de alguna manera, funcione; siendo entonces que, a veces, solo a través de otros ojos se da cuenta del «peso» de su proceder y de la singular visión de mundo a que da lugar su obra.
El caso de Atilio Doreste es precisamente este. Su trabajo se ha desenvuelto siempre en una lógica de integración y ocultamiento procesual. Su quehacer plástico es a todas luces una investigación constante sobre la materialidad propia de la experiencia; una apuesta por la síntesis orgánica del mundo en una materialidad geológica-emotiva –vista la singular relación de su obra con lo terrenal–. Doreste parece observar el mundo a través del encuentro entre corporalidades y de transformaciones ambientales en su mayoría imperceptibles bajo condiciones normales. La coexistencia y afectación mutua parecen dar lugar así a una compleja energética copulativa que une entitariamente los objetos, movimientos y dinámicas bajo una misma naturaleza plural con capacidad de acción propia. El ensamblaje colectivo que propone su obra localiza la heterogeneidad ontológica de los cuerpos en un mismo punto de encuentro. Este conglomerado de duración y potencia específicos opera como un agenciamiento que, no carente de tensión, se ve afectado por factores de azar y contingencias que permiten la relación de movimiento y reposo de la que se hace partícipe al sujeto. Este parece de tal modo disolverse en un todo de materia vibrante y potencias efectivas. No se trata de un afanoso proceso «teriantrópico» –por más que en muchas obras parezca el propio artista transformarse en bestia o elemento natural–,
sino de un esfuerzo asociativo en el que los distintos componentes que toman lugar en el proceso creativo alcanzan un nivel orgánico conjunto.
A esto precisamente también responde el hecho de que el trabajo de Doreste varíe entre la fotografía, la pintura, la escultura, el videoarte, el arte sonoro, etcétera. Los modos de proceder no se consideran, pues, como disciplinas compartimentadas, sino como caracteres de un mismo maniobrar. No se presta particular atención al modo de hacer, sino a la puesta en práctica variada y multiforme de la potencia creativa. Las implicancias prácticas carecen de mayor responsabilidad que la de la entrega a la búsqueda. En este proceso de desarrollo, se favorece la captación de la realidad desde un mismo contexto. Los objetos, paisajes, visiones e imágenes quedan imbuidos por un mismo y singular carácter no solo plástico o artístico, sino también político y crítico.
Como en una suerte de canto ulterior, los diferentes canales de búsqueda establecen una cierta afinidad eléctrica, sonora, vibrante, que da a la realidad observada, a los fenómenos causales, presencia más allá de una palpitante superficialidad. Las propiedades emergentes se formulan entonces como una fuerza sin trayectoria aparente que parece manifestarse de manera transitoria. Esta suma de competencias da lugar a una suerte de red emisarial de campos magnéticos, de grave proximidad, que toma forma en paisajes o elementos paisajísticos pervertidos con una intervención humana camuflada, aunque insultantemente evidente. Se da en torno a lo orgánico, lo humano y lo inorgánico una apariencia de fundición que en ningún caso termina de consumarse, pues la huella humana prevalece forzosamente. Tal degradación genera un efecto de respuesta parcial por parte de los elementos naturales presentes que lleva a producir cierto extrañamiento en el espectador.
Doreste no parece interesado en los procesos neutrales, sino en aquellos que resultan incontenibles y que cuentan con el efecto directo de los elementos que en ellos toman parte. Quizás por esto se trate en sus obras más la presentación que la representación. Sus nuevos rumbos y canales camuflados no presentan las variaciones habituales, más bien pretenden captar la complejidad de un mundo armado deprisa. En sus imágenes no se muestra una «realidad romántica», sino el mundo «en tiempo de descuento». Hablamos de la captación de una progresividad caduca y perentoria que pende sobre acuerdos sintácticos y significativos ficticios. Doreste muestra la marginalia, las mil facetas de una superficie en desuso o pervertida. Las reflexiones que frente a su obra se vierten suelen tener una naturaleza política extraña, cercana a la ironía y al éxtasis del riesgo. Los ecos inesperados y humores desconocidos tan presentes en su obra causan interferencia
en los procesos de contemplación usuales. La sintaxis invertida y la falta de coherencia con que aquí peculiarmente se juega puede provocar sonrojos, risas o miradas de reojo, pero no dejan en ningún caso de señalar lo travestido de una realidad intoxicada imaginal e imaginéricamente. Se trata del abordaje crítico de una realidad abocada al desastre como una arquitectura insondable y fundada sobre cuasi para-exactitudes. El orden de reflexión es, por ello, inherentemente irónico y descarnado, pero también muy vinculado al trato con lo periférico, lo mundano, lo considerado mediocre o lo marginal. Asistimos así a la búsqueda de una naturaleza quizás perdida –si es que en algún momento existió y la atestiguamos–, pero también presente por bajo la superficie de la vivencia cotidiana; una naturaleza otra que comporta nuevos modos de mirar y de presenciar, además de una nueva plástica crítica para con lo irrepresentable de los vacíos venideros.
Darío Hernández Guerra, en Madrid, a 3 de noviembre de 2025
Darío Hernández Guerra (Darío Hérguer). - Artista plástico, doctorando en el Programa de Doctorado en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura en la Universidad Autónoma de Madrid, Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual por el Museo Reina Sofía, la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Autónoma de Madrid y Graduado en Filosofía y en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.